Antes de que sea demasiado tarde y nuestro país quede definitivamente entrampado entre la ruina institucional, la arbitrariedad tiránica y las pulsiones anárquicas, es indispensable un gran esfuerzo social para renovar la política, reconstruir nuestra democracia y recuperar nuestras instituciones.
En ese camino, la revitalización de los partidos -una cruzada en la que particularmente los peronistas debemos embarcarnos de inmediato- es un pilar insoslayable, aunque no el único.
Ya han transcurrido semanas desde la última elección presidencial, pronto asumirá la nueva titular del Ejecutivo y, pese a que la agenda de temas que propone la realidad es intensa y cambiante, la primera impresión sobre las maniobras producidas en distintas fases del desarrollo de aquel comicio - que alguien acertadamente definió como "un bochorno"- está lejos de disiparse.
Pocas veces se registraron tantas anomalías en un proceso electoral como las observadas ese domingo: ausencia masiva de autoridades en las mesas, distribución sesgada de las boletas destinada a perjudicar a las candidaturas competidoras del oficialismo, difusión morosa y manipuladora de los resultados, postergando el registro de distritos y zonas en las que la candidata del gobierno era vapuleada.
Las propias jerarquías judiciales que debían vigilar la pureza de la votación admitían anticipadamente que podrían existir "bolsones de fraude", en particular en la provincia de Buenos Aires, un distrito -no el único- en cuyas zonas más expuestas suele reinar el llamado "voto cadena", una tramposo dispositivo con el que se condiciona el sufragio de los sectores más humildes y dependientes de la ayuda estatal.
La Justicia todavía recibe coloridas descripciones de fraude suscriptas por candidatos oficialistas afectados en sus listas locales, en una ilustrativa comprobación de la vigencia de la teoría del derrame, al menos en materia de maniobras y manipulaciones.
Nos encontramos en un peldaño más alto, aunque quizás no el último, de una escalada que afecta la auténtica democracia. En ese rumbo hubo hitos significativos: la destrucción de los partidos políticos, el archivo de las reformas votadas por el Congreso que imponían las elecciones internas abiertas y simultáneas, la transformación del Poder Legislativo en escribanía de un Poder Ejecutivo al que se le han concedido superpoderes que le permiten manejar enormes recursos públicos sin los resguardos legales que impone la Constitución.
No se trata de llorar sobre la leche derramada, sino de mirar hacia adelante, para que la situación no se reitere. Hay que recuperar los partidos políticos y garantizar su vida interna democrática y transparente.
Otra necesidad, no menos imprescindible, es la depuración de los procesos electorales, de modo de poner obstáculos a las distintas manifestaciones de fraude, que desvirtúan la voluntad política de los argentinos y que están en la raíz de los fenómenos de apatía, escepticismo y ausentismo electoral que hoy se manifiestan en nuestro país.
En este último sentido, me dispongo a presentar en el Senado de la Nación un proyecto destinado a la implantación urgente del voto electrónico.
No se trata de considerar que ese procedimiento sea una panacea que excluya el fraude, pero es seguro que eliminará las denigrantes modalidades actuales de presión y violación de la soberanía política personal que se ejercen sobre los compatriotas más necesitados, así como las ventajas ilegales que proporciona al oficialismo el manejo discrecional de la compleja logística del acto electoral, desde la distribución y reposición adecuadas de las papeletas en cada cuarto oscuro de la Argentina, hasta las comunicaciones y la transmisión de los datos de cada escrutinio parcial.
No nos engañemos, sin embargo: la tecnología puede ser un auxiliar de la democracia, pero no hay soluciones exclusivamente técnicas a los problemas de índole política.
El voto electrónico, con todas sus potencialidades y virtudes, sólo será un instrumento de la purificación institucional de nuestra democracia, si conseguimos que los argentinos recuperen plenamente su voluntad de participar, si devolvemos la vida a los partidos y si estos vuelven a ser capaces de recuperar la confianza de los compatriotas.
En fin, si somos capaces de reemplazar el resentimiento y la confrontación estéril por una democracia constructiva y positiva, si reconquistamos la plena soberanía del pueblo por sobre la manipulación de los aparatos y la prepotencia de "las cajas". |